Mi Campo de Girasoles

martes, 27 de diciembre de 2011

NOCHEVIEJA

Durante casi treinta y cinco años, por no contar mis años de bebé y el año que ya pasó, tomé las uvas, o las pasas, o las peladillas e incluso doce trocitos de jamón serrano con mi madre que ahora está en el cielo. Ese día, con su medianoche, constituye el trío de los días especialmente vulnerables en mi vida junto con la mañana de reyes y el día de mi cumpleaños. Cada Nochevieja mi madre y yo nos sentábamos una al lado de la otra haciendo como que nos daba un poco lo mismo aquel ritual de las uvas; ella se comportaba así porque siempre aparentó un desprecio extremo por todo lo frívolo, aunque en sus ojos yo viera su ilusión desbordada por volver a compartir aquel momento conmigo, y yo, yo me recataba un poco en mi algarabía de festejo interior por no destacar y por mostrarme parecida a ella, aunque estuviera nerviosa de pura emoción. Y las dos sabíamos todo esto y lo hacíamos nuestro. Algunos años, siendo yo aún pequeña, nos acompañaba mi hermano y seguramente mi padre, pero según pasó el tiempo, mi hermano marchó donde su vida y volvía intermitentemente algunas Nocheviejas y mi padre no tenía el cuerpo para uvas, así es que nuestro círculo del fin de año se fue estrechando y consolidando en un círculo mágico suyo y mío. Yo adoraba verla tragar las uvas, o lo que fuera, con ese ademán que ella tenía mezcla de altanería y de persona capaz como intentando decir al mundo “no me voy a ahogar, me las como bien. Mira, mira qué bien me las como…” a la vez que aguantaba la risa y demostraba que era igual de humana que todos y que, efectivamente, sí se atoraba un poco. Yo siempre acababa antes, supongo que poniendo todo de mi parte para que la buena suerte me acompañara durante todo el año que recién esbozaba, y luego, mientras ella aún masticaba las últimas uvas, le agarraba la cara con mis dos manos escuálidas y le estampaba un beso hasta sentir el hueso de su cara hundiéndome los labios. “Feliz año nuevo, mami”, y a las dos se nos caían unos lagrimones como garbanzos, orgullosas de haber vivido juntas un año más y deseosas de lo mejor para cada una en el venidero.

El año pasado, antes del treinta y uno de diciembre, me asusté un poco; me daba susto afrontar ese momento sin ella, enfrentarme a esa vulnerabilidad que me atrapa cada treinta y uno del duodécimo mes y que me afloja el alma hasta el punto de pisármela cuando me cae por el pernil. Afortunadamente, mi susto no fue más que una de las mayores alegrías que me deparaba la vida cuando pude engullir doce uvas preciosas al lado de la persona más maravillosa que encontré en este mundo y por quien mi corazón palpita después de arrastrar la sangre por mi cuerpo mientras, estoy segura, ella lo celebraba desde arriba.

Han pasado los meses y de nuevo me está aporreando la vulnerabilidad el pecho; para mi cumpleaños aún faltan muchos días con sus noches, la Nochevieja y el día de reyes ya me están hablando.

martes, 6 de diciembre de 2011

R.I.P.


Me consta que no se lleva, no es estiloso hoy en día coger el paraguas y el bolso y andar cuesta arriba hacia campo santo. Lo mismo si lo hubiera hecho ataviada con medias negras y negro pañuelo anudado en el gañote habría resultado más contemporáneo a pesar de la distancia temporal que separa mi forma de ver y, sobre todo, de hacer las cosas, a la del resto de personas que conozco. El caso es que sólo iba a la oficina del cementerio, a gestionar unos asuntos referentes a un nicho en el que reposan los restos de mis ancestros, concretamente mis abuelos maternos. No tengo recuerdos entrañables de ellos dos, apenas tengo recuerdos de hecho. Él faltó antes de mi llegada a este mundo y ella, por avatares de la vida, que no circunstancias, no llegó a disfrutar de la nieta que soy hoy y a la que le faltó esta abuela. Pero estaba claro que mi espíritu arcaico, peinado con ondas y laca y provisto de guantes para no mostrar las manos no se pudo detener en la oficina y cruzó la puerta en cuyo arco lucen unas de las siglas más ecuánimes y justas que conozco: D.E.P. Y anduve entre taciturna e interiormente soliviantada durante unos pocos minutos- que a su vez fueron espesos -buscando el nicho 1385. Durante mi recorrido visual he de reconocer que tuve una especie de miedo y de vergüenza a descubrir que el 1385 pudiera ser uno de esos nichos que parecían “abandonados”… sin flores de plástico siquiera y olvidados durante décadas; me azoraba la idea de que el lugar de mis abuelos aparentara dejadez a la vista de otros transeúntes de cementerios… a mí, que presumo de importarme tres carajos y medio la opinión ajena… Y seguí dando vueltas y pasitos cortos oteando y seleccionando como una de esas dependientas de mercerías añejas que te buscan el botón entre el muestrario aparentemente desorganizado de detrás del mostrador y, diciéndome a mi misma que no me iba de allí sin encontrar el cajón, y no ya por razones sentimentalistas sino más bien por orgullo torero, se me fue acelerando el pulso a la vez que caminaba hacia el 1381, el 1382, el 1383… ahí estaba… el 1385. Me paré en secó y lloré cálidamente. Abuelita… dije mentalmente a la abuela que no recuerdo yaciente y fundida con el abuelo que jamás vi. Me enjugué mis lágrimas de 40 grados centígrados cada una, me sentí a gusto, me enderecé el pantalón -que siempre se me cae-, esbocé el paraguas, miré el reloj reflejamente y salí por donde entré… pero mucho más tranquila que cuando llegué. Y ¿por qué?... ¿a quién puede importarle un por qué cuando encuentras tanta vida entre tanto muerto?