Mi Campo de Girasoles

viernes, 30 de marzo de 2012

Y con su pericárdica capa mi corazón se refugia

abatido y ponzoñoso, avergonzado y triste,

callado, pesado, haciendo un sayo con su aliento;

a ratos murmura sus latidos, los que fuiste, los que aún eres,

los que han quedado pendientes,

aquellos que según cantas yo siento.

miércoles, 28 de marzo de 2012

HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ


Pienso que no todas las personas barajan un mismo concepto para casi ninguna cosa. A menudo, la mayoría de contemporáneos con los que charlo, en mi opinión, confunden términos como dependencia y compartir. Creo también que la culpa de esto, cuando hablamos sobre todo de relaciones de pareja, la tiene ese afán de autonomía enfermiza que durante muchos años nos han ido imponiendo, o intentando imponer, por una parte los grupos feministas exhaustivos y por otra los colectivos que defienden a capa y espada la absoluta individualidad del ser humano. Yo discrepo muchísimo con todo eso. Si me pinto las uñas de color rojo y me las veo lindas y deseo en ese instante que el ser amado las contemple y me sonría ¿dependo de su aprobación para así sentir que mis uñas me gustan más?, si recibo felicitaciones por la nota de un examen y pienso justo en ese momento en correr a contárselo ¿dependo de su congratulación para hacer más grande mi alegría?, si me siento afligida, pesadumbrosa, sumida en un micro problema o en un problema grande y acudo al consuelo de esa persona ¿es porque no soy capaz de afrontar los acontecimientos? ¿Qué entiende toda esa gente entonces por compartir? ¿qué es compartir? ¿son dependientes las personas que necesitan compartir? Yo creo que depender es no colorearte las uñas hasta que te den el visto bueno, no estudiar duro para obtener buenas calificaciones por no encontrar motivos dentro de ti o esperar a que otro venga a solucionar tus problemas. De todas formas ¿por qué ha de ser síntoma de debilidad notar que uno necesita compartir todas esas cosas con otros? Si eso es depender, yo soy dependiente hasta el infinito y débil hasta Pegaso. La individualidad es preciosa, gratificante, motivadora y absolutamente necesaria y compartir es precioso, gratificante, motivador y absolutamente necesario, pero no son la misma cosa ni suponen la misma necesidad para todo el mundo.

domingo, 25 de marzo de 2012

HASTA QUE LO HÍBRIDO NOS SEPARE


Es raro que me dedique únicamente a hacer una sola cada vez, esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes; inconvenientes sobre todo cuando la segunda cosa que estás haciendo es pensar y pensar y pensar en algo que no tiene absolutamente nada que ver con lo que te encuentras acometiendo y ventajas porque de estar solamente pendiente de un solo menester me estaría perdiendo otro seguramente interesante. Con todo esto, sucedió el otro día que mientras hablaba con una amiga, las dos paradas sobre la acera, se colocaron en mi punto de mira una pareja de ancianos, alto él, robusto y con bastón y audífono; menuda ella, agarrada a su brazo y de piernas finas. Pararon justo enfrente de nosotras a descansar con la escusa de él de leer el anuncio publicitario en un lateral de la parada del autobús. Enseguida sentí curiosidad por seguir observándolos hasta meterme en sus entrañas, pero bueno, estaba hablando con una buena amiga y aplacé la contemplación. A mi amiga le sonó el móvil, “perdona” dijo, “nada” dije yo, y me dediqué en exclusiva a disfrutar de la parada de los dos ancianos. Él leía el anuncio en voz alta, quebrada y solemne por la edad, y decía exactamente y muy despacio, como aprendiendo a leer “tres … mil ocho, … ibri … cuatro… …. el primer hí… bri…do diesel del… mundo” Volvió a leerlo, sentí compasión al ver su cara… a veces no sé si sentir compasión es bueno o malo, en realidad nunca he tenido muy claro qué es la compasión, no me gustaría que fuera sentirse superior a nadie, porque a veces tengo la sensación de que siento eso y no me gusta, me refiero a que yo veía que aquel hombre se quedaba a cuadros o descuadrado ante lo que veían sus ojos e interpretaba su cerebro frente a aquel cartel y, no sé, lo veía un poco perdido en un mundo que avanzaba deprisa frente a su organismo lento. Sentí la enorme necesidad de acercarme y explicarle que aquello era un coche híbrido, es decir, que con un solo motor podía funcionar con combustible y también de forma eléctrica. Se me movió un pie al frente y se me puso, seguramente, esa cara que se me pone cuando me voy a acercar a ayudar a alguien, creo que es una mezcla entre apuro y “a ver cómo le sienta”, entonces la señora le tiró del brazo como queriendo reanudar la marcha y él, un marido de los de toda la vida, de los que viven para ser el marido de su señora y de esos que les explican las cosas a sus mujeres desde el cariño de un hombre que, como cabeza de familia, siempre la tendrá al corriente de las cosas de la vida que ella como mujer, en su machismo respetuoso – porque creo que ese tipo de machismo existe y no es más que un modo de vida impreso en los poros de varias generaciones – no alcanza a entender. “Es la marca del coche” le dijo, “vamos, mujer”. Me enternecí hasta el punto de querer ir a abrazarlo, no sé si me pilló ovulando, pero me sobrecogió la manera tranquilizadora con la que el anciano inventó una respuesta, aun estando desconcertado por lo que acababa de leer, para aliviar el desconcierto de ella. Él reanudó la marcha con una cara resignada, probablemente fruto de la aceptación de que a esas alturas de su vida y su vejez ya había asuntos a su alrededor que se escapaban a su entendimiento y que, seguramente, ya nadie le explicaría; y ella, menudita y chica, prosiguió andando cogida de su brazo con una sonrisa en sus ajados labios y orgullosa de su marido.

viernes, 23 de marzo de 2012

SOLTANDO AMARRAS


Para según qué cosas deberíamos descrecer en lugar de crecer, o eso o revisar los cánones que amparan lo entendible por crecimiento hoy en día. Todos estábamos allí con la misma cara de resignación, bueno, a quienes yo veía les veía esa misma cara, evidentemente aún no he desarrollado la capacidad de ver mi propia imagen sin la ayuda de un espejo, pero si la cara es el espejo del alma probablemente en aquel instante yo ganaba en mala cara al resto de la sala con creces. Casi una hora de retraso llevaba la consulta, el tiempo era espeso y curiosamente frío, los que allí aguardábamos nos mirábamos de soslayo de vez en cuando con ese tipo de miradas que se gastan en las salas de espera de las consultas médicas de la seguridad social, es decir, divagando en la enfermedad del otro, en el motivo que le lleva a estar allí, buscando el protagonismo consolador de “yo fijo que estoy peor que tú…, y que el otro, y que esa que está en la esquina…” o miradas de envidia absurda del tipo “seguro que ella viene para una tontería… ojalá yo fuera ella, ay, qué mal tan grande el mío…”, en fin, una mierda de espera. El caso es que en mí se andaban cumpliendo todos los requisitos y significados más profundos de esas miradas, realmente no quería estar allí y a la vez sí quería estar porque me encontraba realmente necesitada de un profesional de la salud. Saqué mi libro, quería leer pero tampoco quería leer; pensé en mis cosas, quería pensar pero tampoco quería pensar; miré mi teléfono móvil… en efecto, quería mirarlo pero tampoco quería; no quería nada pero necesitaba de todo, vamos, lo que viene siendo un episodio de fatalismo existencial y un malestar físico y espiritual para agarrarse a la silla, siempre que el ataque de pánico no haya llegado hasta las manos convertido en sudor frío, claro. Y entonces, casi cuando me desboronaba, sonó. Dos salas más allá berreaba una criatura con escasos días en este mundo con la fuerza de un cosaco, chichaba sincera y desgarradoramente, abría con cada gemido de par en par los bronquios y vaciaba sonora y dolorosamente toda la angustia que lo afligía por dentro, así, tan pancho. Alguna vacuna, supongo, un primer pinchazo, quizás. Y yo, paralelamente a los preparativos de su intervención pediátrica, miré mi libro cuando no quería mirarlo, pensé en mis cosas cuando deseaba no pensar en nada, observé el teléfono cuando no me apetecía, me agarré a la silla sintiéndome desdichada cuando lo único que en realidad quería era chillar, llorar, berrear, partirme los bronquios, desbordar mi angustia y aliviar mi aflicción, pero se ve que crecí hasta el punto de aprender a contenerme y, si pensamos en lo que supone una contención, no creo que eso sea algo bueno, más que nada porque no somos herméticos y estamos llenos de orificios de entrada y de salida. Eso tiene que salir por alguna parte, es de cajón. Deberíamos descrecer un poco y soltar amarras antes de que nos convirtamos en contenedores de deshechos.

jueves, 22 de marzo de 2012

SI LA DICHA ES BUENA


La vanidad es como cualquier otra adicción. Comienza tenue y silenciosa a la vez que va proporcionando al espíritu esa sensación engañosa de bienestar y de euforia típica de cualquier sustancia alteradora de las emociones verdaderas. Al principio causa síntomas vertiginosos, de plenitud, superioridad, autocontrol, todo un cúmulo de estados placenteros que engrosan el ego y lo suspenden en un nirvana que, como simple globo inflado de aire, necesita de soplidos y más soplidos para mantenerse flotando. Y es así como se apodera de uno, cada vez más y más soplidos no bastan porque el ego es ya tan gordo que ni cien mil globos en el éter serían capaces de sujetarlo. Y como adictiva que es, la vanidad desencadena en culpa y en posterior vacío cuando finalmente el globo sucumbe; primero llega el estruendo, el boom explosivo de tanta goma hinchada, luego el batacazo del pobre ego, obeso y dolorido por tan gran impacto, después la vergüenza de verse en el suelo. Afortunadamente, suele ocurrir con las caídas vergonzosas que el desparramado rápidamente se iza para evitar las miradas burlonas, con lo que tras sacudirse la ropa y mirar a los lados, el ego al fin será eso, un ego, ni flotante ni inflado, ni encima ni debajo del resto de su especie, un poco magullado por la caída pero feliz de no verse en la labor de depender de ráfagas de aire que, como chutes de jaco, lo impulsen a alturas que no le corresponden. Lo idílico es no engancharse, pero cuando un vanidoso cae, acaba de nacer una gran persona.

viernes, 16 de marzo de 2012

DE TODAS LAS AGUAS HAS DE BEBER


Nada, era una de esas noches en las que la dependencia de mi peluda amiga canina frente a mi libertad de tomarme el mundo como si únicamente fuese mío me puede, digamos que la culpa con cara insidiosa y gesto desaliñado me puso a rastras los zapatos y me llevó hasta la placita de afuera de casa, donde mi mini yo cuadrúpedo olisquea sus arriates y sus quicios añejos para concluir con tres meadas aliviadoras su vejiga y no menos gratificantes para mi alma culpable, en otras palabras, fui a sacar a la perra tras pensármelo repetidas veces, habiéndome colocado ya la ropa de estar y quedar indefinidamente en casa y habiéndome llenado el estómago con lo poco que necesito para sentirme nutrida, pero estaba a gusto, carajo, bien a gusto en casa. No sé si la placita de afuera fue más grande antes o es más espaciosa ahora, sé que se comieron el acerado y con él mis probabilidades de aparcar cerquísima de casa y que sustituyeron los dos escalones que alzaban a la plaza hasta donde se merecía por un suelo raso que se confunde con el suspiro prudente de los coches que ahora le acarician el costado ( antes la plaza era más mía, por aquello de salir del edificio, subir dos escalones y sentirme aislada del sonido de los automóviles ); ahora quedó vendida, a la altura del asfalto, plagada de plagas en sus palmeritas que antes fueron palmerones y timada con cuatro limoneros saqueados que antes fueron arbustos salvajes en los que nadie reparaba aún contagiándose a diario de su verdor… total, que me voy por los cerros, los cerros de lo que mi placita fue… entre tanto civismo y arquitectura razonable le colocaron en uno de sus laterales ( yo lo veo a un lado, supongo que siempre salgo por el mismo sitio ) una “vaquita”, sí, un “chorrito”, eso, un “quitasecos”, una fuente, carajo, un grifo con adornos de los de toda la vida que ya que viene al caso y, más aún, siendo el motor precursor de este relato, comentar sin ánimo de ofender a las gerencias locales pertinentes, que ante un síndrome ineludible de deshidratación inminente más bien y mejor provecho a mi salud me haría morderme la lengua como un cochino hasta salivar y aliviarme que pretender coger agua de tan coqueto surtidor… porque mira que está duro el botón con sus castas enteras! Y estando yo a escasos metros de la fuente, a punto de entonar un “venga, nena, vamos…” marujil como yo sola – a la perra- se me pararon los pies en seco. Me cuesta calcular la edad a según qué edades, mayor que yo? sí, tampoco mucho más. Era una de esas mujeres a las que le acoplas un par de hijos y a las que le imaginas no menos nietos, canosa pero poderosa ( como todas las canosas… que una ya tiene unos años ). Me miró. Andaba la cosa entre prepotente y lastimera – es bien sencillo mirar así cuando no sientes orgullo de lo que haces pero haz de hacerlo-. A su alrededor, y rondando la fuente, había unas siete garrafas vacías de esas de agua mineral de cinco litros cada una. Me sentí una pija imbécil, colmada de nada, estúpida incluso. No hace falta imaginar in situ el grifo de la ducha desparramando agua para sentirse así, ni siquiera pensé en la de veces que pedí una botellita de agua en cualquier gasolinera por la que pagué un puto y redondo euro, ni en la Solán de Cabras cayendo como una catarata por el bebedero de mi perra cuando se le suelta la barriga, en realidad no pensé en una mierda, simplemente me sentí mal, fuera de lugar, estorbando, molestando e increpando con el sonido de mis llaves que, lo mismo, recordaban a aquella mujer, más mujer que yo en muchísimos sentidos, que en cierto modo la fuente era mía… qué estupidez. Y así de estúpida crucé la verja y entré con mi niña en casa. Y además de todo esto, que es material más que suficiente para que un sueño reparador tras un día de rascamiento de barriga, ahora que lo pienso, no puedo dejar de pensar en cómo cojones aquella mujer se llevó a saber dónde las siete garrafas llenas de agua procedentes de una fuentecita que yo no soy capaz de accionar por dura que está cuando la sed me aprieta un poquito…

martes, 13 de marzo de 2012

ZAPATOS GRANDES, ANDEN O NO ANDEN...


Los zapatos no aprietan, los pies les van grandes. Es que esto es, en cierta medida, como lo de la gallina y el huevo o como lo de la alcayata que no encaja en el cáncamo o el cáncamo que no encuentra la alcayata. En el caso del huevo y la ponedora es más complicado, ya que los razonamientos pueden variar según se vislumbren desde creencias científicas, religiosas, religioso-científicas, científico-religiosas, existenciales, naturistas y planteamientos de microscopios que a mí, humildemente, se me escapan, pero en el caso de los zapatos y los pies o de la alcayata y el cáncamo es tan fácil como difícil resulta elegir, es decir, fácil teóricamente y minucioso en la práctica. Lo minucioso no sólo es cuidadoso, premeditado y concienzudo, también requiere una gran capacidad de afrontamiento de riesgos, puesto que si algo se elabora minuciosa y concienzudamente es porque su dificultad, por muy absurda que parezca, puede desencadenar en resultados no deseados. ¿Qué pasa si la alcayata no coincide con el cáncamo aun habiendo cuidadosamente tomado medidas y barajando posibles hendiduras aquí o allá? seguramente pase que modifiquemos la situación de la una o del otro hasta que encajen porque el gratificante resultado nos apremia; ¿y qué sucede cuando los zapatos van holgados o cuando nos encogen los dedos hasta las entrañas? probablemente optemos por una medida menor o más grande.; ¿y qué pasa cuando uno no encaja con otro, con el prójimo, con el tendero, con el vecino, con el amigo, con la pareja, con el cuñado, con el de la ventanilla, con el mendigo de la puerta, con el socio, con la suegra, con su puñetera madre? pues pasa que los zapatos no aprietan, sino que los pies van grandes… o creen que son grandes. Qué chicos y qué tozudos somos.

jueves, 8 de marzo de 2012

EL DOLOR INEXISTENTE


Suele pasar que aprendemos, o creemos aprender, el significado de las palabras por la experiencia ajena; empezamos a leer, a escribir, a escuchar, a vivir y todo nos resulta nuevo, raro, malsonante y exento, entonces llega alguien con forma de padre, de madre, de hermano, de compañero de escuela, de maestro, de personaje televisivo, de página de libro que nos va diciendo qué es cada cosa. Una mesa es un mueble horizontal formado por uno o varios pies, una frambuesa es un fruto de color rojo más oscuro que el de la fresa de olor suave y sabor agridulce, una zapatilla es un calzado cómodo y ligero que se usa para estar en casa… y así con todo, o casi todo. Llega un día, de repente, en el que lees una historia en la que alguien echa de menos cualquier cosa, llega un día en el que sientes un hueco extraño en alguna otra extraña parte de ti, llega un día en el que alguien te cuenta que se siente incompleto porque alguna cosa de su micro mundo se desvaneció y llega un día en el que alguien te explica, te muestra, te enseña, te representa, te dice, te ofrece su significado de echar de menos de la misma manera que te dibujaron una mesa de tiza blanca sobre una pizarra verde, de igual modo que te pusieron una frambuesa al lado de una fresa y de similar manera a cómo te hicieron cambiar tus zapatos de calle por unas zapatillas al llegar a casa. Pero no es así y no lo es porque determinadas cosas se aprenden y otras se prenden sin más. Y prendidas como sarcillos obsoletos o como reliquias del cuello de una vieja tintinean lastimando a quien las encontró ahí; ahí porque no se eligen, no se escogen ni se preparan pero, eso sí, se mezclan. Como una sopa rara se mezclan las añoranzas de lo que hubo con lo que hubiera. ¿De qué puede servir que te quedara más que clara la explicación sobre lo que se supone que es echar de menos cuando añoras aquello que ni por asomo viste? Yo echo de menos llamar a mi padre de usted y quererlo como se querían los antiguos, echo de menos el jazmín en el ojal del que me pretende mientras paseamos, yo de su brazo, él altanero, junto a vendedoras de castañas con pañuelos anudados al cuello y niños haciendo rodar un aro, echo de menos deambular por los escenarios aquellos en blanco y negro por donde me llevaron mis abuelos y mis propios padres, echo de menos el sonido de las llaves del sereno, los goterones de tinta sobre el papel amarillo, los calcetines con goma y los velos para ir a misa; y echo de menos el pan migado en la leche y los barreños de cinc y los perros sueltos por las calles, la laca en el pelo, la pata de gallo en el abrigo, el quinqué y la mariposa de aceite, y la achicoria y el molinillo y la cuchilla de afilar los lápices y la correa que amarra los libros, y los guantes y el misario y las cinco chinas y las muñecas de cartón… Y me cabreo, levemente. Me dijeron que echar de menos es suspirar por aquello que después de estar contigo se fue como se van los días y las noches. Y no, no es curiosidad ni avidez de saber, ni siquiera es la inquietud de quien admira los iconos de otras décadas ni la soberbia de quien cree haber estado en todas partes… me duele la ausencia de todo aquello casi como duele la ausencia del beso materno y la del propio reflejo de uno que se espera en el espejo en la mañana porque ha de estar ahí. Seis años de mi respiración bastaron para saber qué significaba echar de menos, aún no sé cuántos he de vivir para comprender qué es eso.